FanFic

Algunos de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, podre unir mi vida al hombre de mis sueños, Edward.

sábado, 23 de julio de 2011

3 en 1 "No es tan fácil ser Niñera"

Hola...un pequeño maraton "No es tan facil ser Niñera"...3 en 1 espero que les guste!!!



10. Nublado




"No es tan fácil ser niñera"
By LadyCornamenta



"El mundo se está quedando sin genios: Einstein murió, Beethoven se quedó sordo y a mí me duele la cabeza"



Hasta aquel momento, no se había dado cuenta de lo evidente. Bella era… ella era… no habían palabras para describirla. Aquella mezcla de sarcasmo, mal humor y poca predisposición para su cita la hacían la conquista perfecta; pero, ¿aquel beso?, eso sí había sido increíble. Edward siempre había sido un chico astuto y tenaz, y se había dado cuenta que una de las debilidades de Bella era su orgullo; por supuesto, el muchacho siempre se metía con él cuando deseaba obtener algo. Desde la apuesta, Edward se encontraba al corriente de que no había nada como un buen reto para que Bella accediera a cualquier cosa. Claro, demás estaba decir que esa noche no había sido la excepción.

¡Y suerte que no la había sido!

Una sonrisa ladina se posó en su boca, mientras se encontraba estirado en el sofá, donde la joven Swan lo había dejado minutos antes. Aún sentía los labios adoloridos y estaba seguro de que debía intentar eso de los tirones de cabello con Tanya, o Lauren… o quizás con Rachel; aunque tenía la extraña certeza de que ninguna de ellas conseguiría el mismo efecto. A pesar de que tenía un leve dolor de cabeza, aquello le había agradado demasiado. Y aquel beso… 

¡Dios, aquel beso! ¿Quién hubiese dicho que la santa Bella Swan pudiera besar así? 

Se prometió a si mismo que, sin importar la situación, volvería a besar esos labios de aquella peculiar forma.

Estaba pensando cual podría ser la reacción de la joven en otras situaciones, cuando escuchó el sonido del timbre. Frunció el ceño, confundido, y se puso de pie. Se dirigió hasta la puerta y la abrió, encontrándose con una desalineada y frustrada Bella.

Sonrió de lado.

- ¿Qué sucede?, ¿has venido por más? - preguntó engreídamente.

- Cullen, necesito que me abras la puerta de la calle, ahora - expuso Bella, con su tono más frío.

Edward contuvo una carcajada, ya que ni siquiera había pensado en ello. Pobre Bella, no había tenido otra opción que volver.

- Eh, nana, tranquila; podemos quedarnos un rato más aquí - comentó el muchacho casualmente, ocultando la sonrisa que intentaba formarse en sus labios.

- Me quiero ir a mi casa ahora mismo, no quiero quedarme aquí - aseguró la joven Swan, mirando desafiantemente a su acompañante.

Edward se encogió de hombros. Realmente, no tenía ganas de seguir gastando sus energías en algo que, de momento, sabía que no se daría. Ya había conseguido un progreso demasiado grande esa misma noche; además, el dolor de cabeza seguía allí, molestándolo. De seguro era hora de dormir un poco y despreocuparse de todo el asunto.

Los dos jóvenes subieron al ascensor, apoyados en paredes opuestas. Edward abrió la puerta cerrada del edificio y caminó hasta su Volvo, permitiéndole a Bella la entrada al lado del copiloto. Ella, aún en aquel plan de ignorarlo, se subió a su lugar. El muchacho ocupó la posición del conductor y, mientras su acompañante se entretenía mirando por la ventana, comenzó a abrirse paso por las calles de la ciudad. Cuando estaban a mitad de camino, comenzó a sentirse levemente mareado y somnoliento. Se detuvieron ante un semáforo en rojo y el joven se llevó una mano a la cabeza. Debía ser el sueño, seguro.

En algunos minutos, llegaron al apartamento de Bella. La joven se volvió para mirar, tímidamente, a su acompañante. Lucía notablemente sorprendida, posiblemente por el hecho de que él no había realizado ningún tipo de comentario durante todo el viaje. Tan sólo se sostenía la cabeza con cansancio, respirando pesadamente.

- Edward, ¿estás bien? - preguntó Bella suavemente.

- Sí, sí, estoy un poco mareado. Dolor de cabeza, nada más - respondió el joven, apoyando su nuca contra el respaldo de su asiento y cerrando los ojos.

- No es conveniente que manejes así - apuntó la muchacha, con desaprobación en su voz.

- Me quedaré aquí unos minutos, ya pasará - aseguró Edward, pero la joven no parecía tan segura de ello.

- Sube, te daré una aspirina - ofreció Bella, casi con resignación.

Edward giró el rostro para regalarle una sonrisa ladina, pero cansada.

- ¿No encuentras una mejor excusa para meterme en tu apartamento? - preguntó.

- No hagas que me arrepienta - pidió, rodando los ojos, para luego bajar del coche.

Edward comenzó a seguir a la muchacha, mientras ésta se encargaba de buscar las llaves de su casa. Cuando se encontraban ya en el ascensor, Edward apoyó su frente contra el frío metal de la pared, sintiendo su cabeza pesada pero aliviada. Pudo ver, por el espejo, la mirada confundida de Bella. Le regaló su mejor sonrisa, aunque no estuvo seguro de cómo pudo lucir la misma, ya que el rostro de la joven Swan se veía preocupado.

El apartamento de Bella, como Edward lo recordaba, era puro orden y pulcritud. 

Tambaleándose un poco, consiguió sentarse en el amplio sofá de cuero. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, en el momento en que sentía que todo lo daba vueltas.

- Edward, tienes mal aspecto - comentó Bella. El muchacho abrió los ojos y la vio más cerca de lo que esperaba. La suave mano de la joven se apoyó contra su frente, pero se separó al instante - ¡Dios, estás muy caliente!

- Nunca me lo habían dicho tan directamente - bromeó Edward, con voz ronca, mientras volvía a cerrar los ojos.

Aún sin verla, pudo imaginarse como Bella rodaba los ojos.

- De hecho, tengo frío - comentó Edward sinceramente - Mucho.

- Iré a buscar una manta y algo para que puedas tomar - dijo Bella - Quédate ahí.

El joven obedeció. De hecho, aunque hubiese querido irse, no estaba seguro de haber podido moverse. Poco tiempo después, Bella lo cubrió con una manta, le dio un té y, cuando lo hubo terminado, lo obligó a acostarse a lo largo del sofá. Luego colocó en su frente unos paños fríos, los cuales le provocaron unos horribles escalofríos. Se removió en el improvisado lecho, soltando unos quejidos suaves; hasta el momento no se había dado cuenta de lo mal que se sentía. Percibió como Bella ponía algo entre sus labios y, de forma inconciente, sacó la lengua, tragándose lo que parecía ser una pequeña pastilla.

- Eso, por lo menos, debería calmarte un poco el dolor de cabeza - comentó Bella, aún con aquel tono preocupado.

- Gracias - murmuró Edward, escondiendo su cabeza en un hueco del sofá. El paño se deslizó, pero Bella volvió a acomodarlo en su lugar.

Edward escuchó ruidos particulares en su estado de poco conciente: golpeteos, el sonido de una ducha, algún que otro suspiro y las ocasionales preguntas de Bella, que quería saber si se encontraba bien. Después de dormitar por unos segundos, se incorporó, sumido en la oscuridad de la sala. Miró hacia el frente, donde se encontraba Bella, sentada en una silla. Su cabeza estaba inclinada hacia delante, tapando un poco su rostro, y sus ojos se encontraban cerrados. Edward sonrió de lado, pero la que tenía en su rostro era una sonrisa sincera.

Con pasos aún algo tambaleantes, se dirigió al baño y se humedeció un poco la frente y las mejillas, con el fin de despejarse. Cuando sintió que el suelo dejaba de dar vueltas bajo su cuerpo, comenzó a caminar con toda la seguridad que pudo reunir. Con cuidado, levantó el cuerpo inerte de Bella y, con pasos lentos y torpes, la cargó hasta su cama. La depositó allí, balanceándose peligrosamente en el proceso, y luego se dejó caer sobre el pequeño sofá ubicado en una esquina de la habitación. Echó la cabeza hacia atrás y se quedó allí, dormitando silenciosamente. Entonces, escuchó la voz de Bella y alzó la cabeza.

- No, Angela, debes estar loca… - el tono de Bella sonaba áspero y bajo. Pudo ver que la joven seguía dormida.

Edward sonrió tenuemente. ¿Acaso Bella hablaba en sueños?

- La que necesita un polvo eres tú, déjame - murmuró Bella, con tono enfuruñado y débil.

El muchacho tuvo que aguantar sus ganas de reír, sorprendido con las palabras de la joven Swan.

- Edward… - susurró la muchacha. El aludido, sorprendido, alzó un poco más la cabeza, irguiéndose en su asiento - déjame en paz.

El joven Cullen sonrió de lado, mientras se dejaba caer otra vez contra el respaldo del sofá.

- No, Angela, déjalo. Que me deje en paz y ya - murmuró Bella, girando suavemente por la cama. El muchacho estaba atento a cada uno de sus movimientos y palabras - No, no me importa que Edward esté bueno.

El joven no pudo evitar soltar unas risitas.

- Hum… - Bella murmuró algunas cosa inteligible y luego giró, quedando boca abajo en la cama.

Edward se quedó apoyado contra el sofá, aún con una sonrisa plasmada en su rostro. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo había estado allí, pero sentí la cabeza pesada y, con la manta alrededor de su cuerpo, aún tenía algo de frío. Gruñendo, giró un poco para cambiar de posición. Entonces, vio a Bella sentada en medio de su cama, algo desconcertada. La muchacha gateó hasta el borde del lecho y, después de bajar de él, se sentó en el piso, frente a Edward.

- Hey, ¿estás bien? - preguntó suavemente.

- Algo - murmuró el muchacho. La realidad era que no se sentía para nada bien.

Bella suspiró, apoyando una mano en la rodilla del joven.

- Mira, se supone que tú no estabas conmigo - comentó Bella - Creo que lo mejor que podemos hacer es esperar a que sea de día, llamar a Jasper o Emmett y llevarte a casa de alguno de ellos - expuso la joven - No quiero que tus padres se preocupen.

Edward asintió.

- Es un buen plan - murmuró, no muy seguro de lo que había dicho su acompañante.

Bella se sumió en un profundo y nervioso silencio, cuando los ojos verdes y brillantes de Edward la escanearon por unos cuantos segundos. La muchacha desvió su vista hacia una pared y el joven Cullen pensó que lo hacia con demasiada frecuencia.

- De acuerdo, son las cinco y cuarto de la mañana - comentó Bella rápidamente - Esperaremos a las siete y llamaremos a alguno de tus amigos.

- Te recomendaría que llames a Jasper - murmuró Edward, volviendo a su antigua posición, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados - Emmett no es lo que se dice… agradable cuando se lo levanta temprano.

- Será Jasper, entonces - afirmó Bella, mientras se ponía de pie - ¿Quieres otro té? - preguntó suavemente.

—Sería bueno, gracias.

Pronto se hicieron las siete de la mañana y Bella intentó llamar a Jasper, pidiéndole su móvil a Edward. El joven Cullen escuchó que, después de pedirle disculpas unas cuantas veces por despertarlo tan temprano un fin de semana, Bella pasó a explicarle la situación. Jasper enseguida pareció decirle que no había problema, ya que la joven Swan comenzó con una larga ronda de agradecimientos.

Cuando Bella pudo ayudar a Edward a ponerse de pie, lo obligó a que pasara un brazo por sus hombros. El muchacho realmente estaba hirviendo y se encontraba un poco perdido con el entorno. Sólo se dio cuenta de dónde estaba cuando Bella lo ayudó a acomodarse en el asiento del copiloto de su preciado Volvo.

- ¿Tú vas a conducir? - preguntó Edward, con voz un poco más débil de lo habitual, aunque con ese tono característico de su voz.

- Sí, ¿crees que tú puedes conducir así? - preguntó - ¿Tienes las llaves?

Edward rebuscó en su bolsillo.

- Ten cuidado con mi coche - murmuró, volviendo a acomodarse sobre el asiento.

- ¿Tú vas por las calles al doble de la velocidad normal y me dices que tenga cuidado con tu auto? - preguntó Bella, después de haber alzado una ceja - Claro, claro.

Edward, quien no tenía ni siquiera las fuerzas suficientes para discutir, esbozó una cansada sonrisa de lado y se acomodó en el asiento, sintiendo solamente el movimiento del vehículo y la agitada respiración de Bella. No fue muy conciente del trayecto que realizaron pero, dándole vagas indicaciones a su acompañante, ambos llegaron a la casa del joven Withlock. Edward conocía muy bien aquel lugar, ya que era como un segundo hogar para él. Bella, sin embargo, parecía un poco cohibida al enfrentarse a la magnánima casa, con Edward apoyado contra uno de sus costados. Casi sin observar su teléfono, el joven Cullen marcó el número del móvil de su amigo, quien, pocos minutos después, se encontraba de pie frente a la verja delantera de la casa.

- Tiene la temperatura muy alta - pudo escuchar que decía Bella, en medio de la conversación. Edward tenía los ojos cerrados, evitando que la luz solar acrecentara su dolor de cabeza - Lo mejor que puedes hacer es ponerle unas compresas frías y hacerlo quedarse en la cama.

- De acuerdo, Bella, no te preocupes - respondió suavemente Jasper, y Edward sintió una mano en su costado - Yo me haré cargo de él. Gracias por traerlo.

- No, gracias a ti - susurró Bella.

Entonces Edward, quien aún se encontraba con los párpados cerrados, sintió una cálida boca contra su frente. Abrió los ojos rápidamente, sintiendo una puntada en la cien. El rostro azorado de Bella apareció frente a su vista.

- Que te mejores - murmuró la joven Swan, antes de volverse.

- Bella, ¿cómo volverás a tu casa? - preguntó Jasper, confundido.

- Tranquilo, usaré el transporte público - comentó ella, encogiéndose de hombros - Dejo el Volvo aquí y… bueno, cuando puedas, deberías llevar a Edward a su casa - comentó Bella, tímidamente.

Jasper asintió.

- Sin problemas.

Edward pudo ver a la joven Swan alejarse, mientras su amigo lo ayudaba a ingresar a la casa.

- Te ves mal, hermano - comentó Jasper, cuando ambos subían las escaleras - Incluso peor que esa vez, en el avión rumbo a Washington…

El joven Cullen lo fulminó con la mirada, sin conseguir un aspecto realmente atemorizante. No quería recordar aquel incidente.

- Gracias por el cumplido - murmuró Edward, irónicamente - ¿nunca te dijeron que eres muy observador?

- Oh, sí, me lo habían dicho - respondió Jasper, con una suave risa entre dientes.

Finalmente Edward tuvo la oportunidad de descansar un poco en la cama de Jasper, sin tener que preocuparse por otras cosas. No sabía con exactitud cuando tiempo había estado acostado allí, pero, después de lo que le parecieron sólo algunos minutos, la mano de su amigo estaba moviendo su hombro insistentemente. Abrió los ojos y, después de que estos se adaptaran a la claridad del ambiente, estudió a su acompañante. El dolor de cabeza había disminuido, pero seguía presente; podía sentirlo aún.

- Ed, debemos ir a tu casa - comentó Jasper suavemente - Le he avisado a tu madre que estás aquí, pero le dije que estaríamos por allí al mediodía.

- ¿Mediodía? - preguntó Edward con voz pastosa - ¿Cómo?, ¿qué hora es?

- Las once y cuarto, Ed - comentó el joven rubio - Creo que has dormido un poquito - agregó, de forma irónica.

Edward le sacó la lengua, llevándose una mano a la cabeza.

- Tengo la sensación de que me ha pasado una manada de elefantes por encima - murmuró el joven Cullen, con cansancio.

- Te juro que Emmett no ha venido de visita - aseguró Jasper, con tono divertido, ayudando a su amigo a ponerse de pie - Anda, vamos a tu casa.

Esta vez fue el turno de Jasper de conducir el Volvo. Afortunadamente, él sí sabía manejar al estilo de Edward, por lo que llegaron antes de que el joven Cullen se diera cuenta de ello. 

Jasper volvió a ayudarlo a andar, atravesando junto a él el jardín delantero. Esperaron frente a la puerta hasta que abriera Esme, quien se lanzó sobre su hijo, totalmente preocupada. 

Edward escuchó a medias las palabras de su madre, quien, reprendiéndolo por unas cuantas cosas, lo ayudó a llegar al piso superior. El joven fue extremadamente feliz cuando su cuerpo se desplomó sobre su cama.

- Edward, yo tengo que irme a trabajar - avisó Esme, con voz consternada - Ya he tenido un día libre y es imposible que consiga otro tan pronto - murmuró - He llamado a Bella para que venga cuanto antes. Ella estará aquí para cualquier cosa que necesites…

En otra situación diferente, Edward hubiese seguido al pie de la letra aquello de «para cualquier cosa que necesites». Sin embargo, en las condiciones en las que se encontraba, prefería que Bella estuviera allí como compañía y nada más. De hecho, sus cuidados habían sido muy agradables esa madrugada. Estaba seguro de que nunca una chica se había preocupado tanto por él…

- Está bien, mamá - susurró, con la cabeza contra la almohada - No te preocupes.

- Si no lo hiciera, no sería tu madre - comentó Esme, depositando un beso en su mejilla - Dile a Bella que me llame esporádicamente para informarme como están las cosas.

Edward asintió y hundió más la cabeza en la almohada, tapándose con el pesado edredón. Después de aquello, se sumergió en un pesado sueño. No fue conciente de lo que sucedía a su alrededor, hasta que sintió un peso a uno de los costados se su cama. Un familiar olor a fresas llegó a sus fosas nasales y no necesitó alzar la cabeza para saber de quién se trataba.

- Edward, ¿te encuentras bien? - preguntó Bella, en un susurro.

- Sí - respondió él, en una especie de gemido - aunque supongo que depende de lo que tú llames «bien».

Sintió la fría mano de Bella pasar por sus cabellos, para luego alcanzar su frente. La muchacha depositó una suave caricia en su mejilla, asegurando, de forma suave, que aún tenía temperatura. Edward, sintiendo un extraño nudo en su garganta, se quedó allí, inmóvil, mientras Bella iba a buscar algunas cosas para intentar bajar la fiebre. Con cuidado, cuando ella ya había salido de la habitación, el muchacho giró sobre la cama, quedando boca arriba. Observando fijamente el techo de la habitación, se preguntó qué demonios pasaba allí.

¿Por qué Bella tenía que portarse tan bien con él y preocuparse tanto, después de que él se había comportado de forma bastante idiota con ella?

Suspiró.

Nunca ninguna chica había hecho eso por él. Y, aunque jamás pudiera admitirlo, había algo en ello que le gustaba mucho.

Ante el pensamiento, se retorció en la cama y una mueca de desagrado cruzó su afiebrado rostro. Sintió una molesta puntada en la cien y su gesto se acentuó más.

Aquel dolor de cabeza terminaría con él.

Duh.

Debía dejar de pensar en estupideces.


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11. Casi hermanos



"No es tan fácil ser niñera"
By LadyCornamenta
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"El amor es una tontería hecha por dos"

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Los sábados, generalmente, la pequeña Alice aprovechaba para dormir hasta pasado el mediodía, sabiendo que no había nada que se lo impidiera. Sin embargo, un inusual traqueteo en el pasillo la despertó antes de lo previsto. Observó el reloj de su mesita de noche, el cual marcaba las doce menos cuarto de la mañana. Con pereza se frotó los ojos y, después de comprobar que no había visto mal, se puso de pie. Tomó una suave bata de satén, que ella misma había diseñado, y asomó su cabeza por el pasillo. No vio a nadie allí, pero podía oír, a lo lejos, la voz de su madre. Confundida, siguió el sonido de las voces, hasta que se encontró frente al cuarto de Edward. En la puerta, para su absoluta sorpresa, se hallaba nada más y nada menos que él: Jasper.

El rostro de la pequeña se tiñó de un intenso rojo, debido a la vergüenza. ¡Debía verse tan horrible!

Jasper, cuando se percató de su presencia, la miró sorprendido. Después de unos segundos, una amistosa sonrisa se posó en sus labios.

- Hola, Allie.

- Jazz, ¿qué haces aquí? - preguntó la pequeña, confundida.

- Tu hermano no estaba sintiéndose muy bien y se quedó en mi casa - explicó rápidamente el muchacho - Lo dejé dormir un poco allí, pero creí que sería mejor si se encontraba en su propia cama.

Alice parpadeó, con una mezcla de confusión y preocupación.

- Pero, ¿cómo?, ¿él se encuentra bien?

- Sí, pequeña, él está bien - aseguró el joven Jasper, con una de aquella sonrisas tranquilizadoras que no dejaban lugar a dudas - No te preocupes.

Pasaron algunos minutos, en los que Jasper y Alice se dedicaron a almorzar lo que Esme había preparado con anterioridad, mientras ella cuidaba de Edward. Justo antes de que la madre de los muchachos se fuera a trabajar, Bella llegó a la casa: lucía cansada, desalineada pero, sobre todo, preocupada. Para Alice, aquella era una imagen muy poco usual en Bella. 

Sin embargo, se sorprendió al enterarse de que ella ya estaba al tanto de cómo se encontraba Edward.

La pequeña sonrió, pensando que las cosas cobraban un poco más de sentido.

Después de un rato yendo de aquí allá, Alice se dirigió a la cocina. La fiebre de su hermano tenía a la pequeña bastante preocupada. No era como si fuera algo realmente grave, pero ella siempre se inquietaba mucho cuando del bienestar de sus seres queridos se trataba. Se apoyó en la encimera, mientras Bella terminaba de preparar unas compresas de agua fría y algo caliente para beber. Cuando la joven Swan salió, Alice se sentó sobre la fría superficie del mueble de la cocina, balanceando sus pies de forma inconciente. Era extraño ver a Edward enfermo y, en ese momento en que sus padres no estaban, se sentía un poco sola para lidiar con todo aquéllo.

- Tranquila, Allie, él estará bien - comentó una suave voz que ella conocía bien. Jasper apareció frente a ella y, con una de sus largas manos, alzó su pequeño y pálido mentón - Sabes que Edward es un chico fuerte.

Alice, con las mejillas arreboladas, asintió.

- Vamos, ven conmigo y Emmett a hacer alguna tontería - pidió el joven Withlock amistosamente- Bella ya se está encargando de Ed.

Alice sonrió levemente, tomando la mano que Jasper le ofrecía, bajó de un salto de la encimera y, cogida del joven, lo siguió hacia la sala. Emmett se encontraba despatarrado sobre el sofá, hablando por teléfono.

- Sí, Rose - hizo una pausa, alzando los ojos al cielo - No, Rose - otra pausa - Sí, Rose - volvió a hacer silencio y se removió incómodamente en le asiento, con cara de pánico - Por supuesto que te quiero, osita, pero Ed… - se escucharon algunos fuertes sonidos del otro lado del móvil
- De acuerdo, bebé, en quince minutos estaré allí.

Emmett cortó la comunicación y se puso de pie.

- ¿Qué sucede? - preguntó Jasper, con una mal disimulada sonrisa en sus labios.

- Debo ir a buscar a Rosalie - comentó, rodando los ojos - Parece que otra vez ha chocado a alguien… intencionalmente.

El joven Withlock soltó una carcajada.

- Recuérdame que nunca me pelee con ella - comentó.

- No lo hagas si no quieres que tu auto quede reducido a chatarra… u otras cosas - afirmó Emmett, tragando pesado - Bueno, vuelvo en un rato  - y, haciendo un gesto con la mano, salió de la sala.

Después de la imagen del joven McCartey corriendo detrás de su novia, Jasper y Alice se dirigieron al sofá de la sala y se acomodaron en él. El muchacho encendió el televisor, sin mucho éxito en la búsqueda de algo bueno para ver. Alice pudo notarlo al instante, así como también lo hizo cuando trató de darle conversación, supuso ella que para mantenerla distraída con algo. La menor de los Cullen sonrió, pensando que aquel gesto era de lo más encantador.

«Muy típico de Jasper».

Entre muchas otras cosas, eso siempre le había gustado de él: siempre parecía encontrar la forma de tranquilizarla, de hacerla sentir bien y reconfortada. Si estaba con Jasper, era imposible que se sintiera mal. Se sentía como… protegida. Y en paz, en absoluta paz.

- ¿Y, Allie?, ¿has estado diseñando algo en este último tiempo? - preguntó el muchacho, de forma casual.

La pequeña asintió.

- ¿Por qué no me lo muestras? - propuso el joven suavemente, con una sonrisa simpática.

Entonces, Alice recordó algo, haciendo que sus mejillas se tiñeran de un suave rosa. ¿Sería aquél el momento apropiado para hacerlo? O, mejor dicho, ¿podría hacerlo en aquel momento?

La muchachita condujo a su acompañante por la larga escalera y, después de pasear por los innumerables corredores de la casa, alcanzaron la puerta de su cuarto. Ambos entraron y Alice se metió, literalmente, dentro del armario, buscando una cosa en particular. Cuando vio el largo borde sobresaliente, lo tomó y salió, donde Jasper se encontraba mirándola con una sonrisa divertida en su rostro. Alice tiró de lo que había cogido y, con las mejillas completamente rojas, lo extendió hacia el joven Withlock.

- Esto… ¿es para mí? - preguntó el muchacho, sorprendido.

Alice asintió.

Vio como Jasper analizaba el objeto, con las cejas levemente alzadas. El regalo en cuestión era una elaborada funda para guitarra de un brillante color verde oscuro - el color favorito de Jasper, como Alice bien sabía - con las iniciales del muchacho bordadas en una esquina, con hilo plateado. La pequeña tenía en claro que el joven Withlock amaba tocar la guitarra en sus tiempos libres y, cuando lo había visto con su funda, se había dado cuenta de que la misma lucía bastante vieja y maltratada. Semanas atrás había decidido que ella le haría una mejor y, aunque la había terminado varios días atrás, no había cogido el valor suficiente para dársela… hasta ese momento.

- Wow, Allie, muchas gracias, está increíble - aseguró el muchacho, acercándose un poco a ella - ¿La has hecho tú sola?

La pequeña asintió, aún algo cohibida.

- Wow… yo… - Jasper parecía emocionado, sin encontrar las palabras justas para expresarlo, mientras observaba la funda por todos los ángulos posibles - ¡Gracias! - repitió, pasando uno de sus brazos por los hombros de la muchachita y estrechándola contra sí - Me encanta. Era justo lo que necesitaba.

Alice sonrió, radiante, pasando tímidamente una mano por la cintura de Jasper.

- Pero… ¡esto no es justo! - se quejó el muchacho, con una sonrisa culpable - ¡Tú me has hecho un maravilloso regalo y yo no tengo nada para ti!

La pequeña Cullen rió suavemente.

- No te preocupes - comentó, haciendo un movimiento con su mano - quería hacerlo.

Jasper sonrió cálidamente.

- Te aseguro que te recompensaré - aseguró él, guiñándole un ojo. Hizo una pequeña pausa- ¿Quieres que vayamos a ver cómo se encuentra Ed?

Alice asintió enérgicamente.

Claro, la pequeña no le dio demasiada importancia a aquello de «te aseguro que te recompensaré». Simplemente pensó que era una frase de agradecimiento, a pesar de que las palabras habían causado en ella una tonta esperanza. Jasper se había ido y Bella se encontraba en la sala. Ella estaba dibujando en el escritorio de su habitación, haciendo trazos poco definidos, casi de forma desganada, que intentaban tomar la figura de una persona. 

Cuando ya estaba comenzando a olvidarse de la posibilidad de que algo sucediera, en el momento en que el sol comenzaba a desaparecer por el horizonte, escuchó el ruido de un carro en la salida. Corrió y se asomó por la ventana de abajo, pensando que quizás sus padres podían haber llegado más temprano, pero se sorprendió al ver al joven rubio bajarse de un reluciente automóvil nuevo, aparcado a un costado de la casa. Una amplia sonrisa no tardó en aparecer en el pequeño rostro de Alice, mientras corría hacia la puerta. Antes de que Jasper pudiera llamar, la pequeña había abierto y lo miraba con una enorme sonrisa.

- Jazz, ¿qué haces aquí? - preguntó.

Jasper sonrió.

- He venido a recoger a una señorita para… - hizo una pausa, mientras buscaba algo en su bolsillo. Entonces, sacó dos largas entradas y se las pasó a Alice - esto.

La pequeña tomó los pases que Jasper le extendía y leyó las relucientes letras negras.

- ¡Oh-no! - chilló, con emoción - ¡No puede ser!

Jasper rió entre dientes, mientras la pequeña aún se encontraba atónita. ¡Aquellas eran entradas exclusivas para el «Connecticut Fashion Week»!

- He llamado a tu madre y estoy autorizado a llevarte - comentó el joven - así que cámbiate pronto, que sino perderemos los mejores desfiles - bromeó.

Alice no necesitó que se lo dijera dos veces: corrió escaleras arriba y se metió dentro del armario, buscando las prendas adecuadas para su cita. ¡Oh!, ¡aquello sonaba tan bien!

¡Tenía una cita con Jasper!

Pronto encontró un vestido blanco, con algunos detalles en verde, que le pareció adecuado para la ocasión. Se calzó unos zapatos abiertos, con tacón relativamente bajo, y cogió un liviano abrigo verde de hilo, sólo por precaución. Corrió hacia el espejo del baño y, a la velocidad de la luz, se maquilló naturalmente. Mientras se acomodaba un poco el pelo, Bella pasó por el pasillo. Su rostro lucía cansado y, en cierto modo, perturbado. Cuando vio a la pequeña tan arreglada, frunció el ceño. Alice se limitó a sonreír.

- ¿Saldrás? - preguntó confundida la joven Swan.

- Sí, saldré con Jasper - respondió radiantemente la pequeña. Antes de que Bella pudiera decir algo más, ella se adelantó - Tranquila, mi mamá ya sabe. Si quieres, puedes llamarla.

Bella asintió y dibujó en sus labios una sonrisa cansada.

- De acuerdo, que te diviertas.

- ¿Edward está bien? - preguntó suavemente Alice.

- Oh, sí, creo que está mejor - apuntó Bella, con una tenue sonrisa - Su temperatura ha bajado considerablemente.

Aliviada con el testimonio, la pequeña sonrió con ganas.

La realidad era que Bella tenía algo especial que a Alice le gustaba mucho. Desde el primer día en que la había visto, la pequeña había estado segura de que serían muy buenas amigas. 

Por otro lado, la relación entre ella y Edward… eso era un tema aparte. Alice podía ser una niña todavía, pero era una persona muy perceptiva, y la tensión entre ambos era algo imposible de ignorar. Estaba segura de que allí pasaría algo… diferente, tenía una extraña predicción sobre ello.

Después de despedirse de Bella, Alice bajó las escaleras corriendo y llegó a la sala, donde Jasper se encontraba esperándola sentado en el sofá con las piernas cruzadas. Traía una chaqueta oscura con una camisa blanca y unos pantalones. Con aquella sonrisa dulce que a Alice le encantaba, se puso de pie y llegó hasta la pequeña, que se hallaba de pie en el marco de la puerta.

- Te ves muy bonita, Allie - aseguró Jasper.

La pequeña le agradeció, con las mejillas encendidas.

Ambos muchachos salieron y subieron a un cuidado convertible plateado que, según palabras de Jasper, era un BMW Z4 que sus padres le habían obsequiado como regalo anticipado de su cumpleaños número diecisiete. El hecho de que el joven Withlock tuviera un vehículo tan moderno se debía, posiblemente, a que su padre era dueño de uno de los concesionarios de automóviles con mejores ventas en Connecticut… o por lo menos eso decía siempre Emmett, cada vez que se ponían a hablar de vehículos.

Alice se acomodó en el asiento de cuero blanco, disfrutando del olor a nuevo mezclado con aquel perfume que Jasper siempre utilizaba. Recorrieron una extensa distancia antes de llegar al lujoso edificio donde se celebraba el evento. Jasper ayudó a la muchacha a bajar, con su atuendo perfectamente acorde al de la pequeña. Los dos le dieron sus boletos a una mujer en la entrada, que les permitió el acceso a lo que, según Alice, era como «el paraíso de la moda». 

El lugar al que habían entrado se encontraba repleto de pequeños puestos que tenían las más variadas prendas: desde blusas psicodélicas y llamativas hasta sobrios trajes de etiqueta. 

Alice comenzó a observar todo con ojo crítico y a comentarle a Jasper lo que le parecía. El muchacho la escuchaba atentamente y la pequeña, a pesar de su emoción, intentó no hablar tanto, con miedo de aburrirlo. Después de una caminata a lo largo de la sección de accesorios, llegaron a un pequeño puesto que tenía la más variada colección de sombreros y boinas. Mientras Alice observaba un llamativo y desagradable gorro con plumas, Jasper se volvió hacia ella.

- Mira, Allie, pruébate este - pidió, pasándole un bonito sombrero inglés, de color verde, que combinaba a la perfección con su atuendo veraniego.

La pequeña se lo puso y sonrió.

- ¿Qué te parece?

- Te queda precioso - aseguró el muchacho, haciendo que se sonrojara.

El joven Withlock quería regalarle el sombrero a Alice, pero la pequeña se negaba. ¡Jasper ya había hecho demasiado por ella como para seguir gastando dinero! Estaban en medio de una amistosa discusión, cuando una voz femenina preguntó:

- ¿Jasper?

El aludido se volvió, al igual que Alice. Allí, trotando hacia ellos, se encontraba una muchacha rubia, que le sacaba a Alice más de media cabeza. Tenía un atuendo ostentoso y, según le pareció a la pequeña, bastante caro. Sonrió al joven Withlock, antes de preguntar:

- ¿Qué haces aquí?

- Oh, vine con ella - comentó, poniendo una de sus grandes manos en el hombro de Alice - Ella es Alice. Alice, ella es Geraldine, una compañera de la escuela.

- Ah, un gusto - la muchacha le dirigió una mirada inexpresiva a la pequeña - Bueno, yo vine con Heidi - comentó alegremente - Por cierto, iba a comentarte que esta noche tenemos una fiesta, deberías venir…

Había algo en la forma de actuar de la tal Geraldine que a Alice le estaba molestando; la manera en la que se inclinaba hacia Jasper, con aquella pequeña sonrisa traviesa, el tono confidente y las palmadas suaves que le daba en el pecho estaban haciéndola sentirse mal. Impotente, muy impotente.

Después de todo, ¿qué esperaba? Jasper era guapo y más de cuatro años mayor que ella. 

¿Acaso creía que él la quería a ella? Jasper sólo la veía como la pequeña hermana de su mejor amigo, nada más.

Nada más.

Con un molesto escozor los ojos, la pequeña tuvo la necesidad de salir de allí. Mientras Jasper y su amiga conversaban, Alice salió corriendo, en dirección a una gran puerta de vidrio. 

Cuando pudo escapar del lugar, se encontró en un jardín iluminado por algunos focos brillantes. 

No había nadie allí, ya que el desfile principal estaba a escasos minutos de comenzar. Pero aquello a Alice ya no le importaba, mientras pequeñas lágrimas se escapaban de sus ojos. 

Cerró sus puños con fuerza, a los costados se su cuerpo, intentando no llorar, incluso aún cuando las lágrimas ya estaban formando pequeños caminos por sus mejillas.

- ¿Allie?, ¿qué sucede?, ¿por qué te fuiste así? - preguntó rápidamente Jasper, a sus espaldas.

- No pasa nada - respondió Alice, en un tono muy poco convincente.

Escuchó pasos y pronto Jasper se encontraba frente a ella, obligándola con su gran y cálida mano a alzar el rostro.

- ¿Por qué lloras, Allie? - preguntó el muchacho, con un gesto de preocupación en su rostro.

Alice hizo un pequeño puchero, mordiéndose el labio, y se odió a si misma por no poder contener las lágrimas. Era demasiado infantil para pretender que él se fijara en ella.

- P-p-por n-nada - hipó.

- Alice, dime por favor - suplicó Jasper.

La pequeña se perdió en sus hermosos ojos azules.

- Déjalo, Jasper, ve con tu amiga… - pidió, apartando la mirada.

- No, yo quiero quedarme contigo - aseguró el joven, haciendo que Alice volviera a fijar su mirada en él. Sus brillantes ojos entraron en contacto con los suyos - y que me digas qué te sucede.

- Jasper…yo…

¡Quería gritarlo! Quería decirle allí mismo que lo quería, que él era el único muchacho que le interesaba. Sin embargo, no podía hacerlo. Es decir, ¡vamos!, ¡cuatro años! ¿Quién podía luchar contra una diferencia tan grande como aquélla? Además ¡era el mejor amigo de su hermano! Y sin embargo…

- Jasper… tú… tú a mi… - sin saber que decir, nuevas lágrimas escaparon de los ojos de la pequeña.

¡Era tan frustrante!

Repentinamente, Jasper tomó la cara de Alice entre sus manos, y la muchachita sintió que su corazón comenzaba a latir a un ritmo desenfrenado. Vio el rostro de su acompañante más cerca y, casi como si alguien allí arriba estuviese escuchando sus súplicas por una solución fácil, sintió los labios de Jasper sobre los suyos. Fue un contacto mínimo y sutil, pero hizo que la pequeña se sintiera en la novena nube.

¿Estaba sucediendo de verdad?

Cuando Jasper se separó de ella, dejó que sus frentes se sostuvieran la una contra la otra. Alice se dio cuenta de lo inclinado que estaba el joven y de que ella se encontraba en puntas de pie. Después de todo, el muchacho le sacaba, como mínimo, unos veinte centímetros.

- No quiero verte llorar - susurró Jasper, acariciando tiernamente su rostro - odio verte llorar.

Alice cerró los ojos.

- Te quiero, Jasper.

- Yo también, Allie, yo también - susurró el muchacho, pasando los brazos por su cintura y envolviéndola en un tierno abrazo.

¿Estaba en el cielo?

Si no era así, este debía parecerse mucho a donde se encontraba en ese momento.




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12. Sensaciones




"No es tan fácil ser niñera"
By LadyCornamenta
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"Si la confusión es el primer paso hacia la sabiduría, entonces debo ser un genio…"
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Edward tenía a la joven Swan sumamente preocupada, y ella ni siquiera entendía por qué. Había algo que la hacía sentir muy… protectora con él. Como si tuviese que cuidar de él, pasara lo que pasara, como si debiera protegerlo. El hecho de que sus insinuaciones constantes y sus sonrisas pícaras hubiesen sido reemplazadas por murmullos cansados y sonrisas forzadas la hacía sentir… extraña. Y preocupada, muy preocupada

Paseaba por su apartamento como un león enjaulado.

Cuando vio que el reloj daba la hora para ir al trabajo - en realidad, faltaban unos cuantos minutos, pero en ese momento le daba igual - salió disparada de su apartamento y se metió en su camioneta. Después de una conducción al máximo de velocidad permitido por su trasto - que no era realmente un número muy alto, siendo sinceros - llegó a la casa de los Cullen. 

Aparcó su vehículo y se dirigió a la entrada donde, minutos después de llamar, Esme apareció. Su rostro preocupado mostró una pequeña sonrisa al ver a Bella.

- Buenas tardes - saludó la mujer - Hoy, más que nunca, es bueno tenerte en casa.

- Buenas tardes - respondió Bella - ¿Cómo está Edward?

- No muy bien… - aseguró Esme, con preocupación. Luego por su rostro se paseó un gesto de confusión - ¿Cómo sabías que Edward no estaba bien?

Oh, oh.

«¡Bravo, Bella, siempre tan sagaz!»

- Eh… Alice… ¡Alice me llamó!  - respondió la muchacha, quizás con demasiado entusiasmo.

Esme condujo a Bella hasta la habitación de Edward, quien se encontraba durmiendo sobre su cama, tapado hasta el cuello. Eso no era más que un claro signo de que la fiebre seguía alta, ya que nadie en su sano juicio hubiese estado cubierto con un edredón tan pesado en un día en que la temperatura debía estar por arriba de los veinte grados.
Bella estuvo pululando alrededor de Edward un largo rato, pensando en que podía hacer. Se acercó a la cama y se sentó a un costado de la misma. Vio como el joven adolescente se removía incómodo y se aventuró a preguntar:

- Edward, ¿te encuentras bien?

- Sí - respondió el muchacho, con voz lastimera - aunque supongo que depende de lo que tú llames «bien».

Bella sintió otro de aquellos extraños impulsos protectores para con él. Con cuidado, pasó su mano por los broncíneos cabellos del joven, sintiéndolos levemente húmedos. Su palma se dirigió a la frente de él, permitiéndole saber que aún tenía temperatura, y luego siguió el camino, acariciando su pálida mejilla.

- Aún estás hirviendo - comentó Bella, aunque no estaba segura si Edward podía escucharla -Iré a buscar algo para… ya vuelvo.

Bella, intentando que su torpeza no le dificultara las cosas, se dirigió rápidamente a la cocina y preparó algunas cosas para Edward, mientras Alice daba vueltas por allí. Se notaba que la pequeña también estaba preocupada por su hermano.

Era normal que ella también se sintiera así, entonces… ¿no?

Subió con unas compresas de agua fría y otro té para Edward, ya que no se le ocurría qué otra cosa podía hacer. Sin dudas, si la fiebre seguía con aquella intensidad, tendría que llamar a un médico o algo…

- ¿Bella? - la muchacha escuchó la voz susurrante de Edward, que aún se encontraba con los ojos cerrados.

- Estoy aquí - aseguró la joven y palmeó suavemente su brazo.

Las comisuras de los labios del muchacho se alzaron con cansancio y, girando la cabeza, pareció volver a caer en un profundo sueño. Bella no pudo hacer más que sonreír, mientras quitaba algunos mechones de cabello de su frente y le colocaba una compresa fría en ella. 

Edward, con los ojos y, sobre todo, la boca cerrada, lucía como un pequeño y adorable joven…

De acuerdo, ella no había pensado aquéllo.

Bella intentó concentrarse en una vana lectura de una de las obras literarias que tanto le gustaban. Cuando terminó de convencerse que seguir con aquello no tenía sentido, dejó el libro sobre la mesa de noche de Edward. ¡Vamos, si no podía mantener los ojos abiertos! Sentía la vista nublada y realmente tenía sueño, después de haber dormido tan sólo unas pocas horas la noche anterior.

Intentando no molestar al joven Cullen, la muchacha se apoyó contra el cabezal de la amplia cama doble de Edward. Con cansancio cerró los ojos y no le resultó muy difícil conciliar el sueño después de ello…

No sabía cuanto tiempo había dormido, lógicamente, pero cuando abrió los ojos se cuestionó si seguía en el mundo de los sueños o no. Unos pesados brazos estaban enredados alrededor de su cintura y, desde su posición, podía ver los desordenados cabellos de Edward sobre su propio estómago, donde la cabeza del muchacho descansaba. La imagen, lejos de molestarla, la hizo sentir una extraña sensación en el pecho, una mezcla de ternura y tranquilidad. Sintió que, por primera vez desde que lo había conocido, podía ver la verdadera apariencia de Edward Cullen: frágil, tierno y vulnerable.

Entonces, saliendo de aquel estado ausente en el que se encontraba, se preguntó a si misma en qué demonios estaba pensando.

Estaba empezando a dolerle la cabeza.

Quiso zafarse del agarre del muchacho, pero sólo consiguió que éste estrechara su cintura un poco más. Tomando una profunda bocanada de aire, en un intento de tranquilizarse, llevó su mano a la frente de Edward y se alivió considerablemente al notar que la misma había descendido bastante. Finalmente, haciendo que el joven volteara hacia el otro lado de la amplia cama, Bella consiguió escaparse de su abrazo y decidió ir a devolver a su lugar las cosas que había apoyado sobre la mesa de noche. Bajó a la cocina, dejó todo lo que había llevado rápidamente y volvió a subir. Antes de llegar a la habitación de Edward, se cruzó a la pequeña Alice en el pasillo. Lucía radiante enfundada en un bonito vestido veraniego, de color blanco y verde. Pero… ¿qué hacía así vestida?

- ¿Saldrás? - preguntó Bella, confundida.

- Sí, saldré con Jasper - respondió la pequeña con una hermosa sonrisa. Ahora, ¿cómo que salía con Jasper? - Tranquila, mi mamá ya sabe. Si quieres, puedes llamarla.

Bella asintió y sonrió de la mejor manera posible.

- De acuerdo, que te diviertas - apuntó, con ciertas sospechas ante aquella salida.

- ¿Edward está bien? - preguntó Alice, claramente preocupada por su hermano.

- Oh, sí, creo que está mejor - apuntó Bella, con una tenue sonrisa - Su temperatura ha bajado considerablemente.

La pequeña le regaló otra enorme sonrisa, antes de dirigirse escaleras abajo.

Bella, aún con una expresión de confusión en su rostro, se dirigió al cuarto de Edward. El muchacho se encontraba sentado en el centro de la cama, con el rostro adormilado y el cabello más desordenado de lo normal. Bella no pudo contener una sonrisa.

- ¿Estás mejor? - preguntó.

- Supongo que sí - murmuró Edward, mientras se tallaba los ojos. Luego parpadeó varias veces y enfocó su mirada en la de la muchacha - Gracias por todo.

Al ver que su sonrisa torcida aún parecía sólo un gesto de cansancio, Bella se acercó un poco a él. Poniéndole una mano en el pecho, lo obligó a volver a acostarse. Mientras la muchacha se volvía para buscaba el termómetro, Edward rió entre dientes, débilmente.

- No sabía que te gustaran las cosas tan directas - comentó.

Bella giró el rostro hacia él y se dio cuenta de que aún tenía la mano sobre su pecho y de que prácticamente había quedado apoyada sobre él. Con el rostro azorado, la apartó, mientras el joven volvía a soltar aquella risita cansada.

Efectivamente, después de tomarle la temperatura a Edward, Bella se dio cuenta de que el muchacho aún seguía teniendo fiebre. Con un suspiro de desaliento, la joven Swan volvió a colocar paños de agua fría en su frente e insistió a Edward en que se quedara en su cama, a pesar de que el muchacho sólo quería moverse un poco por la casa.

Cuando Esme llegó a la vivienda, enseguida se puso a bombardear a Bella de preguntas sobre su hijo. La joven nana intentó explicarle todo lo que había sucedido en la tarde y Esme, después de agradecerle innumerables veces, dijo que lo mejor era que lo viera un especialista; más puntualmente, Carlisle, el padre de los chicos, que había resultado ser un eximio médico.

¿Nadie podría haberle avisado sobre aquel pequeño detalle antes?

Con un suspiro, la muchacha recogió sus cosas de la mesa de noche de Edward, mientras Esme bajaba para ir a llamar a su esposo. El joven, que se encontraba tapado hasta la nariz, observó con sus pícaros ojos verdes cada uno de los movimientos de Bella. La muchacha se acercó a él y se sentó al costado de su cama.

- No se te ocurra moverte de ahí hasta que venga tu padre - amenazó.

Edward rió con pocas fuerzas.

- Sí, mi general - bromeó.

Bella sonrió tenuemente.

- Cuídate, idiota - pidió, para luego darle un rápido beso en la coronilla.

La joven se levantó.

- Me haces sentir como un niño cada vez que me das un beso en la frente - murmuró Edward. La joven se volvió para mirarlo, algo sorprendida - La verdad es que prefiero otros de nuestros besos… - aseguró, dibujando en sus labios una sonrisa ladina algo fatigada.

- No tendrás otros - gruñó Bella, después de tragar dificultosamente - me contagiarás - se excusó, alzando las cejas.

- De esa forma podrías quedarte en la cama conmigo - replicó Edward - Es un buen plan.

Bella rodó los ojos.

- Hasta el lunes, Edward - murmuró - Espero que te mejores.

- Adiós, Bella - saludó él -  y, sí, no te preocupes, el lunes ya podrás besarme.

Bella puso los ojos en blanco, antes de salir de la habitación. Bajó las escaleras, aún algo ida. 

¿Por qué estaba tan preocupada por Edward? ¡Vamos, era una gripe y él…! Su encuentro con Esme provocó que perdiera el hilo de sus pensamientos.

- Bella, ¿puedo hablar un minuto contigo? - preguntó amablemente la mujer.

La muchacha asintió, y las dos se dirigieron a la cocina. Ambas se sentaron a la mesa y Esme le entregó a Bella el dinero de la semana. Sin embargo, después de alcanzarle una taza de té, se inclinó levemente hacia delante.

- Mira, Bella, tengo que pedirte un favor - comentó Esme.

Bella frunció levemente el ceño, asintiendo.

- El fin de semana que viene, Carlisle y yo debemos asistir a la boda de uno de sus colegas, en Orange - explicó lentamente, con el rostro algo consternado - y debemos irnos por todo el fin de semana, ya que será la ceremonia y, al día siguiente, tendrá lugar la fiesta.

- Sí… - Bella asintió - ¿entonces?

- Necesito que te quedes en la casa, cuidando a Alice y Edward - explicó, sin parecer muy convencida de ello - Te pagaré ambos días y…

- No te preocupes, Esme, yo… estaré bien, sí - aseguró Bella, intentando convencerse a sí misma de que realmente no habría problemas.

La mujer sonrió cálidamente.

- ¡Muchas gracias, Bella!, ¡no sabes lo agradecida que estoy contigo!

Después de otro breve intercambio de palabras, la joven Swan pudo dirigirse a su monovolumen, con el fin de emprender el camino de regreso a su apartamento. Una vez que acabó con el recorrido, aparcó su auto y bajó de él. Dirigiéndole un rápido saludo a la encargada del lugar, cruzó el vestíbulo y entró en el ascensor.

Cuando llegó a su apartamento, dejó caer sus cosas sobre el sofá, para luego acomodarse sobre él. Cerró los ojos y se quedó algunos minutos allí, disfrutando de la sensación de poder estar tranquila de una vez por todas. Sin embargo, aún en su pecho sentía aquella extraña opresión.

¿Edward estaría bien?

Sacudió la cabeza. ¿Qué era lo que le estaba pasando?

Lo llamaría al día siguiente. Fin del asunto.

Después de una ducha, se puso una muda de ropa vieja para dormir y se acomodó en la cama, con uno de sus libros favoritos entre sus manos. A pesar de que tenía muchas ganas de leer, su predisposición no bastó: a los pocos minutos de haber comenzado con su lectura, se quedó dormida, con la vieja novela sobre su pecho.

El domingo se levantó temprano, ya que los rayos de sol que se filtraban por la ventana abierta no la dejaron continuar durmiendo. Aprovechó para terminar algunos de los trabajos de la universidad, mientras comía un buen desayuno. El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba y tuvo que guardar todas las cosas apresuradamente. Después de terminar con ello, se cambió y, sin tiempo para arreglar el apartamento, salió. Había quedado con Angela para comer en un pequeño restaurante local, ya que quería «todos detalles sobre la gran cita con Edward Cullen».

Bah.

¿Por qué había aceptado comer con ella?

Buena pregunta.

Después de dejar su bolso en el asiento del copiloto, Bella arrancó su monovolumen y condujo por las calles de New Haven, hasta llegar al «Thai Taste», un pequeño local ubicado en Chapel Street. Después de aparcar, ingresó al lugar, donde un hombrecito se ofreció a llevarla hasta su mesa. Allí se encontraba Angela, quien la recibió con una radiante sonrisa en su rostro. Minutos después, en el que las muchachas mantuvieron una corta e insustancial charla, el mesero se acercó a ambas y les preguntó qué comerían.

- Yo quiero el pollo frito especial - comentó Angela, echando un rápido vistazo al menú - y un agua con gas, por favor.

Bella dudó unos momentos.

- La sopa de fideos para mí está bien - apuntó la muchacha velozmente - y un agua sin gas, gracias.

El camarero, después de apuntar algunas cosas en su libreta, se retiró. Angela se volvió hacia su amiga, con una mueca escéptica.

- ¿Sopa de fideos? - preguntó - ¿eso se considera comida?

Bella suspiró.

- No tengo mucha hambre - respondió, encogiéndose de hombros.

Angela la estudió con la mirada, en silencio, y Bella tragó pesado. Su amiga era demasiado perceptiva ¡y ella no podía sacarse el maldito asunto de la cabeza!

- Te noto preocupada - aseguró la joven Weber - ¿qué sucede?

Bella suspiró, dispuesta a contarle sus inquietudes, aunque aquello le costara un mes de burlas… o quizás más. Estaba a punto de comenzar con su perorata, cuando el sonido de su teléfono móvil la distrajo. Abriendo torpemente su bolso, sacó el pequeño aparatito. Le dio un rápido vistazo a la pantalla antes de coger la llamada.

- ¿Mamá? - preguntó, confundida.

¡Bella!, ¿cómo estás? - chilló alegremente Renée.

- Muy bien, ¿y tú? - preguntó, aún algo sorprendida - ¿Ha pasado algo?

- Oh, no, cariño - respondió, de forma despreocupada - Sólo te llamaba para avisarte que mañana mismo te enviaré los boletos…

- ¿Qué? -  preguntó Bella, sintiéndose perdida en aquella conversación - ¿qué boletos?

¡Los boletos de avión para el viaje, Bella! - soltó una risita - ¿No me digas que te has olvidado? ¡La fiesta sorpresa de tu padre, Bella, la fiesta! - exclamó emocionada Renée, y la muchacha casi pudo imaginarse a su madre dando vueltas y pegando pequeños saltos.

Demonios. Se había olvidado de la fiesta de su padre.

Dile a Angela que venga y que traiga a su novio también - pidió la mujer - ¡Hace tanto que no sé nada de ella! - exclamó.

Bella, en su bloqueo mental, sólo pudo responder:

- Ella está aquí conmigo.

¡Oh, pon el altavoz, pon el altavoz! - pidió Renée, con la emoción de una niña pequeña.

Bella, todavía estupefacta, tocó el pequeño botón.

Renée había conocido a Angela el verano anterior y, teniendo en cuenta la gran extroversión de su madre y la buena predisposición de su compañera para las nuevas amistades, ambas habían establecido una excelente relación. De cualquier forma, no era como si Bella no estuviera acostumbrada a eso: su madre amaba interactuar con cualquier ser vivo.

Renée se puso a hablar con Angela, mientras la joven Swan intentaba buscar una solución a su problema.

- Mamá, no podré ir el fin de semana que viene - soltó de repente.

¿Qué?, ¿¡por qué! - chilló Renée, atrayendo la mirada de varios comensales.

- Mamá, baja la voz; estamos en un restaurante - pidió Bella. Suspiró y luego continuó - En fin, como lo oyes, no podré ir. Tengo que trabajar el fin de semana.

¿Trabajar?, ¿no me dijiste que trabajabas como niñera de lunes a sábados?

- Es una ocasión especial - explicó la muchacha rápidamente, mientras Angela escuchaba con atención - La señora Cullen debe viajar con su esposo y los chicos se quedarán solos en la casa y…

¡Que vengan! - exclamó Renée animadamente - ¡Cuanta más gente, mejor!

Bella abrió los ojos, incrédula, y miró a su amiga, quien reía suavemente. ¡Su madre a veces podía ser tan disparatada y poco oportuna!

- Mamá, no… debemos ir hasta el aeropuerto en mi camioneta, dejarla allí y luego tomar el avión… ¡no entraremos tantos! Además, es mucho dinero…

¿Ese querido vejestorio tuyo sigue funcionando? Sorprendente… - preguntó, asombrada, para luego hacer una pausa -  ¡Vamos, Bella, no hay problema! Tienes espacio suficiente ahí para cinco personas. Además, un amigo le consigue a tu padre los boletos, no hay problema por eso, es un favor que le debe… - comentó alegremente, con aquel constante positivismo que rozaba lo absurdo - ¡Hace tanto que no vienes a visitarnos! Será divertido.

«Será divertido». Sí, típica frase manipuladora de su madre.

- Hablaremos luego, mamá - comentó Bella, viendo que el camarero se acercaba con los platos - No hagas nada hasta entonces.

No te preocupes, hija - respondió, quizás con demasiada alegría - ¡Nos vemos! ¡Hasta luego, Angie!

- Adiós, Renée - saludó la joven Weber, conteniendo una risita.

- Adiós, mamá - se despidió Bella, con cansancio. Cerró el teléfono, mientras alzaba los ojos al cielo.

Su madre y sus ocurrencias. ¡Oh, Dios!

Después de aquella inoportuna charla, que había dejado a Bella de los nervios, ambas muchachas comenzaron a disfrutar de su comida. Luego, una vez que la joven Swan había dejado a Angela en su casa, detuvo la camioneta frente a su apartamento. Antes de salir de ella, tomó su móvil y realizó una rápida llamada a la casa de los Cullen. Por suerte, fue Esme quien atendió y, después de algunas formalidades, le comentó que Edward estaba un poco mejor, pero que la fiebre no se iba. Sin más remedio que decirle que al día siguiente estaría por allí, Bella cortó la comunicación y salió de su vehículo.

El lunes por la mañana, la joven Swan repitió la rutina de las mañanas. Antes de salir, tomó un abrigo, ya que un fuerte viento que soplaba del norte había provocado un descenso de temperatura; algo muy poco común, teniendo en cuenta que hacía pocos días había comenzado el otoño.

Llegó pronto a la universidad y atravesó el campus, tan rápido como sus piernas se lo permitían; Angela la esperaba refugiada en la puerta principal del edificio. Después de un comentario casual sobre el extraño clima, ambas ingresaron a la universidad, perdiéndose por los corredores hasta llegar al salón que les correspondía. Afortunadamente para Bella, las clases pasaron más rápido de lo normal. Con una tenue expresión de satisfacción en su rostro, volvió a transitar por los corredores, con Angela a su lado. Se volvió a ver a la joven Weber, para preguntarle si prefería comer dentro por el frío, cuando se percató de su mueca escéptica.

- Te noto muy apurada - comentó - ¿Algo… o alguien en tu cabeza?

Bella alzó los ojos al techo, mientras hacían la fila en la cafetería.

- Estoy preocupada, sencillo - apuntó casualmente, mientras tomaba un simple sándwich. No tenía mucha hambre… o quizás estaba demasiado inquieta para tenerlo.

- Preguntaría por qué estás preocupada, pero creo que es una obviedad - dijo Angela, mientras ambas salían del edificio, enfundadas dentro de sus abrigos - Igualmente, no deberías inquietarte tanto.

Bella la miró.

- ¿Por qué lo dices? - preguntó, con el ceño fruncido. Al ver que su amiga no respondía, siguió la dirección de su mirada…

Un Volvo plateado estaba aparcado frente al edificio de la universidad, brillando bajo los tenues rayos de Sol y, como si de alguna especie de estrella importante se tratara, Edward se encontraba apoyado contra el vehículo, vestido de forma casual y con un par de gafas de sol rematando el conjunto. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su sonrisa torcida volvía a hacer acto de presencia.

Bella suspiró.

Edward Cullen estaba de nuevo en acción.

Con paso rápido se acercó a él. Pudo sentir como los pocos estudiantes que se encontraban en los exteriores observaban, sin disimulo alguno, en su dirección. Bella se prometió seriamente a sí misma no hacer una escenita.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó lentamente la muchacha - ¡se supone que deberías estar en la cama!

- Tranquila, mamá, ya estoy mejor - se burló Edward, aún apoyado contra el coche - He venido en son de paz.

Bella alzó una ceja.

- Un almuerzo amistoso, para agradecerte todo lo que has hecho, ¿te parece? - propuso Edward, apoyando las gafas sobre su cabeza y revelando sus brillantes ojos verdes. Se corrió y abrió la puerta del copiloto, haciendo una reverencia.

La joven Swan hizo un esfuerzo por no sonreír y se limitó a rodar los ojos.

- Iré a avisarle a Angela.

El muchacho sonrió nuevamente y Bella comenzó a caminar hacia donde se encontraba su amiga, con la sensación de que algo en Edward, extrañamente, había cambiado. 

No sabía qué demonios era, pero estaba tan claro como el color esmeralda en sus ojos.


8 comentarios:

María León dijo...

Tres capitulos de una vez? SUPEER.

Nina dijo...

Aizz... tres capitulos seguidos y aun kiero mas!!! haha. Me estoy volviendo adicta

Me encantaron los capitulos: el beso de alice y jasper, bella siendo tierna con edward xk tiene la gripe...

En fin, kiero saber k pasara con el "desayuno amistoso" de Edward y Bella... (yo creo k de amistoso nada, eh...)

Lilian dijo...

super maratonnnn!!!! geniallll!!! me he quedado con ganas de masss!!!

Mery Williams dijo...

hola!!soy nueva por aquí.....
ayer empecé tu historia, y tengo que decirte que me encanta....jamás habïaimaginado algo asï::::mezclas escenas de crepüsculo a tu antojo y te quedan realmente genial...el beso entre jasper y alice....jasper también siente algo por ella??
y edward se está dando cuenta de lo que le pasa con bella?y ela??
un beso!!!, cualquier cosa que necesites, dímelo...

me encontrarás en:

http://confesionesdeunamery.blogspot.com/
http://ereselsuenodemivida.blogspot.com/

un gran beso!! y sube prontito!!

vero dijo...

tres en uno estupendo y asombroso muchas gracias una gran historia

Cruz de plata dijo...

Me encantaron :) los tres capitulos, en especial cuando Bella es tan tierna con Edward *.* espero que sea verdad que haya cambiado... y lo de Alice y Jasper :O no me lo esperaba, pero si se quieren cuatro años no son nada... :)

POPOTAN dijo...

n.n, que pequeña maraton xD, bueno mi inpresora se quedo sin tinta casi al final y tube que leerlo del monitor, me gusto, seguire esperando xD.

Koko Cipriano dijo...

Wow! Me encantaron los tres capis :) estuvieron geniales, en especial me encantó el de Alice y Jasper, fue verdaderamente estupendo. Por otra aprte, siempre nos dejas en una intriga que MATA jajaja. Que bueno que Bella se preocupe por él, lo malo es que se niega a aceptarlo, a aceptar que Edward Cullen se le ha ido metiendo poquito a poquito en el corazón y por lo visto es para quedarse.

Escribes súper!
Xoxo