FanFic

Algunos de los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, podre unir mi vida al hombre de mis sueños, Edward.

lunes, 1 de agosto de 2011

13. Movimientos peligrosos.



"No es tan fácil ser niñera"
By LadyCornamenta


"Muchos problemas tienen la misma raíz: el miedo. El miedo desaparece gracias al amor... pero el amor nos da miedo"



Edward se encontraba observando a Alice, quien corría hacia todos lados y se golpeaba suavemente el mentón, con un gesto de impaciencia. Frente a él, en la sala, habían cuatro maletas: una, cerrada y lista, que le pertenecía, y tres de Alice, que se encontraban aún abiertas. La pequeña iba de un lado para el otro, trayendo ropa que Edward nunca había visto en su vida. ¿De dónde había sacado tantas cosas?

Después de una media hora, escucharon el inconfundible sonido de la vieja camioneta de Bella. Edward se tensó en su lugar, quedándose inmóvil por unos cuantos segundos. Luego se asomó por la ventana, encontrándose con una perfecta vista del monovolumen aparcado en la parte delantera de la casa.

Finalmente, irían a pasar dos días a la casa de Bella en Jacksonville. La joven Swan le había comentado a Edward, el día que ambos habían ido almorzar, los planes de su madre. Según él había entendido, la señora Swan -que, por lo poco que Bella le había contado, parecía ser una antítesis de su hija- quería hacerle una fiesta de cumpleaños sorpresa a su marido y, como Bella debía quedarse cuidándolos, había decidido que todos fueran allí. 

Edward pudo notar que la muchacha no parecía muy feliz con los planes… y lo cierto es que él tampoco quería saber nada del asunto. Pero claro, Alice siempre se interponía en sus planes. Cuando se había enterado del posible viaje a Jacksonville, había comenzado a brincar y luego una cosa había llevado a la otra y…

¿Cómo mierda había terminado metido en aquéllo?

Cargando las maletas, con una mueca de pánico sobre su rostro, Edward salió de la casa. 

Dejó los petates en la parte trasera de la camioneta de Bella y se subió allí, donde se encontraba el novio de Angela que, según recordaba, respondía al nombre de Ben. El joven, apoyado sobre una pila de maletas, le sonrió cordialmente antes de indicarle que se acomodara en el otro lateral. Edward sólo pudo dirigirle una sonrisa tensa, mientras se hundía en su lugar, así como en sus propios pensamientos y temores. Con Alice y Angela acomodadas en la cabina, junto con la joven Swan, los cinco partieron hacia el aeropuerto internacional de Bradley.

Después de una larga sucesión de trámites, el grupo pudo ir a dejar su equipaje, antes de abordar el avión. Edward se ocupó de trasladar todas las maletas de su hermana y la suya, lo cual se estaba tornando una tarea difícil, ya que su nerviosismo iba en aumento con cada paso que daba. Ben lo ayudó con el cargamento, aunque él parecía tener sus propios problemas con las maletas de su novia.

- Creo que debería haber una ley sobre la cantidad de equipaje o algo - comentó casualmente Ben, con el ceño fruncido - o por lo menos debería estar prohibido poder pagar más por excederse.

Edward, en otra situación, hubiese reído y asentido; pero se sentía demasiado perturbado como para hacerlo. Sin embargo, para sus adentros, debía admitir que aquel muchacho le caía bien… y aquello era decir mucho. Él generalmente no tenía un buen historial con los jóvenes. Después de todo, era quien siempre se quedaba con las chicas de los demás, por lo que el odio de la población masculina era algo que no podía evitar.

Después de haber dejado sus propias maletas, vio a Bella luchando con las suyas. Escondiéndose de la mirada interrogante de la joven, Edward siguió a Ben, Angela y su hermana, que parecían estar listos para abordar el avión.

Tragó pesado, pasándose la mano por la frente.

¿Alguien lo escucharía allí arriba si pedía clemencia?

Después de un período de tiempo en el que Edward sólo se dedicó a compadecerse de sí mismo, abordaron el avión. El muchacho, caminando entre su hermana y Ben, se movió por el pasillo lentamente, como si sus piernas pesaran toneladas. El nudo en su estómago era algo que estaba comenzando a volverse insoportable. Alice, alegremente, se acomodó al lado de un hombre -ya que alguien tenía que viajar con un desconocido- y comenzó a hablarle sobre la revista que este traía entre las manos. Edward, después de apreciar ausentemente la escena, pudo observar como Bella luchaba para subir su pequeño bolso de mano al compartimiento superior del avión. El joven Cullen, con aire taciturno, se acercó y, siendo algo más alto que ella, no tuvo problemas para colocarlo en el portaequipaje. Al mirar para arriba, sintió un leve mareo, por lo que se dejó caer sobre el asiento.

- Edward, ¿te encuentras bien? - preguntó Bella, con una nota de preocupación en su voz.

- No - respondió secamente el muchacho, con los ojos cerrados.

El joven escuchó el movimiento que realizaba su acompañante. Sintió sus manos sobre su abdomen y, sin poder evitarlo, dio un respingo y abrió los ojos con sorpresa.

Bella le dirigió una mirada tímida.

- Deberías abrocharte el cinturón.

Edward rió irónicamente, no sin cierta amargura. ¡Como si aquello fuera importante!

Había movimiento a su alrededor, pero no podía concentrarse en nada. Todas las cosas que lo rodeaban parecían estúpidas, menos el hecho de que se encontraba allí, aferrado al asiento. Escuchó el sonido de las turbinas y apretó con más fuerza los apoyabrazos. El avión comenzó a moverse y las palabras salieron simplemente de su boca:

- Distráeme, por favor

Miró a Bella, que tenía una mueca de confusión en su rostro.

- Perdona, ¿qué?

- Limítate a charlar de cualquier cosa insustancial hasta que me calme - pidió Edward, con voz ahogada.

- ¿Qué te calmes?, ¿y por qué deberías calmarte?

Edward cerró los ojos y, con la voz llena de pánico, soltó:

- Porque no me gustan para nada los aviones. Para nada. Pensé que podría con ello, pero…

Un profundo silencio se creó entre ambos y Edward se atrevió a abrir los ojos. Bella lo miraba con una expresión inescrutable en el rostro, mientras él todavía se encontraba aferrado al asiento.

- Eh… déjame pensar, déjame pensar - pidió Bella, desesperadamente. Luego se mordió el labio, con nerviosismo - ¿Qué te relaja?, ¿qué te gusta hacer cuando quieres relajarte? -preguntó.

Edward pensó que aquel intento de distracción era muy malo, pero agradeció que por lo menos estuviera intentándolo.

- Bueno… me gusta… escuchar música - comentó, cerrando los ojos, mientras sentía que el avión comenzaba a tomar velocidad - Me gusta que me toquen el cabello, también - murmuró rápidamente, con los dientes apretados, recordando lo que hacía su madre siempre que quería tranquilizarlo - Me relaja.

El joven vio como Bella se movía sobre su asiento y sacaba un pequeño reproductor de música de su bolsillo. Edward, cuando ella se lo pasó, sólo atinó a cogerlo y a acomodarse los auriculares sobre los oídos. Bella lo tomó y lo programó, y una suave melodía llenó a Edward de pies a cabeza. Conocía Jeunehomme a la perfección, por lo que podía sentir cada una de las notas que fluían por su cabeza. Comenzó a olvidarse de todo, mientras sentía las suaves caricias sobre su cuero cabelludo. En algún momento debió olvidarse completamente del asunto, ya que cayó en el mundo de los sueños.

En lo que le pareció un instante, se despertó, oyendo de fondo algo que no podía reconocer, pero que le sonaba vagamente familiarSintiendo aún las suaves caricias en su cabello, alzó la cabeza. No se encontraba ya sobre su asiento, sino que su cabeza reposaba sobre el regazo de Bella, que iba observando el paisaje por la pequeña ventana. Él, evitando por todos los medios no pensar en la vista exterior, fijó sus ojos en la muchacha. Esta pareció darse cuenta unos minutos después, ya que lo miró con una extraña expresión sobre su rostro.

Algo que a Edward le pareció ternura.

- ¿Por qué no vuelves a dormir? - sugirió Bella suavemente.

- ¿Dormí mucho? - preguntó Edward, con voz pastosa.

Ella negó con la cabeza.

- No, sólo una hora, como mucho, y estabas algo inquieto…

Los dedos de Bella volvieron a pasearse por el cuero cabelludo del muchacho y esa sensación volvió a apoderarse de él: lo hacía sentir como un niño, cuidado y querido. Edward se quedó observándola fijamente a los ojos. Hasta el momento no se había percatado que no eran tan oscuros como parecían, sino más bien de un color castaño brillante.

- ¿Qué? - preguntó suavemente Bella, con las mejillas arreboladas.

- ¿Por qué tienes que tratarme como si fuera un niño pequeño? - preguntó.

Bella lo miró sorprendida, para luego desviar la mirada.

- En cierta forma, porque lo eres - susurró Bella - Además, me siento muy…

Se quedó callada y Edward siguió observándola, con creciente curiosidad.

- Muy… ¿qué?

- Nada, olvídalo…

Edward se incorporó, quedando nuevamente sentado en su asiento. La miró fijamente y estuvo a punto de pedirle una explicación, cuando sintió una sacudida del avión. Se aferró al asiento con pánico, mientras veía la expresión cautelosa de Bella. El transporte volvió a realizar un movimiento brusco, y Edward comenzó a sentir unas desagradables náuseas.

- Debe ser sólo un pozo de aire - apuntó Bella, frotándole el brazo.

- Creo que voy a vomitar - confesó Edward, poniéndose de pie.

Sin saber muy bien qué hacía, comenzó a caminar por el corredor del avión, hacia la parte trasera del mismo. Cuando vio la pequeña portezuela, la abrió rápidamente y se metió dentro del cuartito de baño. Antes de que pudiera cerrar la puerta, Bella ingresó al lugar, con una expresión llena de preocupación en su rostro. Edward intentó relajarse: abrió el grifo y comenzó a mojarse el rostro con abundante agua. Sintió una mano en la frente y vio por el espejo como Bella le corría el cabello del rostro.

Una nueva sacudida los hizo trastabillar y agradarse de las paredes, y Edward entró en pánico.

- Bella, demonios, por favor, has algo… - pidió, con los dientes apretados - Cualquier cosa, necesito dejar de pensar en este maldito avión.

La joven Swan se quedó en su lugar, sin saber exactamente que hacer.

El avión volvió a moverse y Bella chocó contra la puerta del pequeño baño. Edward también trastabilló hacia delante, chocando contra el cuerpo de la joven. Aterrado, la miró a los ojos y vio como se mordía el labio inferior con nerviosismo. Entonces Edward se inclinó hacia delante y, tomando la cara de Bella entre sus manos, la besó con fuerza. Sabía que aquéllo estaba mal y que, después de todo lo que la joven había hecho por él, no podía simplemente usarla; pero estaba desesperado. Necesitaba sacarse de la cabeza todos sus pensamientos coherentes, necesitaba olvidarse de dónde se encontraba…

- Por favor, Bella… - pidió en un susurro suplicante, separándose de sus labios sólo lo suficiente como para hablar.

Luego, volvió a juntar su boca con la de ella

Lejos del rechazo, sintió los brazos de Bella en sus hombros, ubicando las palmas sobre su nuca. De forma automática, bajó las manos hasta su cintura, pegándola más contra él. Una nueva sacudida los hizo retroceder, y Edward quedó apoyado contra el lavamanos. Giró para que Bella fuera quien quedara recargada contra él y la empujó un poco para que quedara sentada sobre el pequeño mueble. Tomó su nuca para profundizar el beso, que estaba tornándose, poco a poco, algo salvaje. Obligó a Bella a enredar las piernas alrededor de su cintura y el muchacho intentó concentrarse pura y exclusivamente en ella. Afirmando la mano que la sostenía por el costado de su cuerpo, bajó la palma que tenía en la nuca de Bella, pasándola por su cuello, hasta llegar a uno de sus hombros. Cuando ambos debieron separarse para respirar, Edward no perdió el tiempo y se dedicó a besar el cuello de la muchacha y a dejar pequeñas marcas en él. Concentrándose con un gran esfuerzo, escuchó como Bella susurraba su nombre. Volvió a subir para besarla y Bella volvió a tirar de su cabello como lo había hecho aquella noche en el apartamento.

Entonces, en medio del hambriento beso, pudo escuchar una voz suave por los altoparlantes, anunciando el fin de los pozos de aire.

- Les pedimos que por favor abrochen sus cinturones, que estaremos descendiendo en Jacksonville en unos pocos minutos.

Bella y Edward se separaron, y el muchacho pudo ver las mejillas rojas de Bella, sus labios hinchados y su cabello despeinado. De repente, quedarse en el avión no le parecía una tan mala idea.

- Sería… mejor que… vayamos… - comentó la joven, evitando su mirada y saliendo rápidamente del baño.

Vio a Bella correr hacia los asientos. Él la siguió, con paso más lento, y se sentó en su lugar, sintiendo la atenta mirada de Angela. Bella evitó cualquier tipo de conversación, poniéndose sus auriculares, por lo que Edward se limitó a esperar por el añorado aterrizaje, aferrado a los apoyabrazos del asiento.

El muchacho no pudo sentirse más a gusto cuando sus pies tocaron el firme suelo pavimentado del aeropuerto de Jacksonville. Alice bajó del avión también, saludando animadamente al hombre que había estado todo el viaje a su lado. Edward sonrió levemente, compadeciendo a la pobre alma que había tenido que aguantar a Alice durante todo el trayecto.

Ben y Edward, que se encontraba con un renovado y extraño buen humor, se dirigieron a buscar el equipaje. Después de recoger el interminable número de maletas y ponerlas en un carrito, caminaron hasta la salida y buscaron un taxi.

Ben y Angela se fueron en un coche y Alice, Bella y Edward se subieron a otro. El muchacho, mientras su hermana conversaba con el conductor, se dedicó a observar atentamente los edificios que se sucedían uno tras otro. Nunca había estado en Jacksonville, pero su mente la había imaginado más rural y sencilla. La realidad es que el lugar estaba lejos de aquello: era ruidosa, moderna y estaba repleta de gente, teniendo en cuenta que era fin de semana.

El taxi tomó una curva y se adentró por una zona un poco menos transitada. Comenzaron a atravesar una larga calle rodeada con casas -de un tamaño relativamente grande, aunque no tanto como la casa de los Cullen, y parecidas entre sí-  que Edward observaba atentamente por la ventana. Bella señaló una de las viviendas, pintada de un llamativo azul cielo, y le pidió al conductor que se detuviera.

Después de pagar y recoger las maletas, los tres jóvenes, junto con Ben y Angela, caminaron por el estrecho camino de piedra que llevaba a la entrada de la casa, que tenía un pequeño pórtico pintado de blanco. Bella llamó a la puerta y una mujer de unos cuarenta años asomó por ella. Una sonrisa se pintó en los labios de la señora y, adelantándose, abrazó fuertemente a Bella.

- ¡Mi pequeña!, ¡que bueno verte! - exclamó.

Bella la abrazó y sonrió algo forzadamente, como quien responde a la muestra de afecto en un efusivo niño pequeño.

- ¡Oh, Angie!, ¿cómo estás? - preguntó la mujer luego, abrazando a Angela amistosamente.

- Muy bien, Renée, muchas gracias - respondió la joven Weber, con una sonrisa - Él es mi novio, Ben, ¿lo recuerdas? - preguntó, señalando al muchacho.

- ¡Oh, sí, por supuesto! - respondió ella, regalándole también un afectuoso abrazo al joven.

Renée pronto se separó del muchacho y observó a los hermanos Cullen. Edward sonrió nerviosamente, mientras la pequeña del grupo hablaba por ellos.

- Nosotros somos Alice y Edward - explicó, con desenvoltura - los hermanos a los que cuida Bella.

Renée abrió los ojos, sorprendida, y se quedó mirando a Edward.

- ¿No estás un poco grande para tener niñera? - preguntó animadamente, con la mirada brillante.

El joven se encogió de hombros.

- Supongo que mis padres temen por la integridad física de mi hermana y por los incendios que puedo llegar a generar en la cocina - explicó, sonriendo de lado - No se me da muy bien eso de preparar la cena.

- Somos dos - aseguró, riendo animadamente.

Después de algunas palabras más, la señora Swan se corrió de la puerta y, dando palmaditas como una niña pequeña, los invitó a pasar a todos a la casa, no sin antes comentarle algo a su hija. Cuando estaba ingresando detrás de la hiperactiva Renée, Edward pudo escuchar a Bella murmurar:

- Ya me había olvidado de la hiperactividad y el buen humor de mi madre.

Edward contuvo la risa, a diferencia de Angela, quien soltó una baja carcajada.

Los jóvenes, comandados por Renée, atravesaron una bonita e iluminada sala, que tenía una buena vista de la cocina. Subiendo por las escaleras de madera oscura, llegaron al segundo piso. La dueña de la casa empujó una puerta, dejando al descubierto un ordenado cuarto, pintado en un brillante color lila.

- Aquí pueden dormir Angela y Alice - explicó alegremente la mujer.

Edward tuvo el extraño presentimiento de que ella y su hermana se iban a llevar realmente bien.

Mientras las dos jóvenes se adentraban en su nueva habitación, el mayor de los Cullen, Ben y Bella siguieron a la señora Swan. Empujando una puerta cercana, Renée les mostró a los dos muchachos su cuarto, comentándole a Bella que aún tenía su vieja habitación intacta, como cada verano que pasaba allí.

- Lo sé, mamá - aseguró ella, con un matiz de cansancio en su voz - Te he amenazado varias veces para que no tocaras nada.

Renée rió.

- ¡Es que el azul es tan aburrido! - se quejó la mujer, con un puchero - Si, aunque sea, me dejaras ponerle algo de naranja, o rosa…

Bella la fulminó con la mirada, y Edward rió con disimulo antes de ingresar a la habitación. El cuarto en cuestión era bastante parecido al que su hermana y Angela compartían, con la diferencia de que el gran ventanal, ubicado justo entre medio de las dos camas, daba al jardín trasero de la casa. Las paredes y la decoración, además, estaban fuertemente marcadas por el color crema y algunas variedades de marrón. Edward se acercó a la enorme ventana, se asomó y se deleitó con la vista del brillante pasto verde y la pequeña piscina en la parte más alejada de la casa.

Después de acomodar un poco sus pertenencias, Renée volvió a aparecer en la habitación. Con una enorme sonrisa, que parecía pintada en su rostro, se dirigió a los muchachos:

- ¡He preparado un almuerzo especial! - exclamó alegremente - Si quieren , pueden darse una ducha y cambiarse. El viaje debe haberos dejado agotados —comentó, a toda velocidad—. En media hora comeremos.

Después de dirigirles otra radiante sonrisa, salió de la habitación. Edward y Ben se miraron y ambos comenzaron a reír.

- Está llena de energía - comentó el joven Cheney.

- Ya lo creo - respondió Edward, tomando una toalla de tu maleta - ¿Quieres bañarte primero tú o…?

- No, no, tranquilo, yo me quedaré aquí ordenando un poco mis cosas - aseguró Ben.

- De acuerdo, iré a averiguar dónde está el baño - comentó Edward, con una sonrisa torcida, antes de salir de la habitación.

El muchacho salió y caminó por el pequeño corredor por el que los había conducido Renée antes. Pensó en bajar las escaleras y preguntar, pero su solución llegó materializada en el cuerpo de Bella, que venía refunfuñando alguna cosa inteligible para sí misma. Al ver a Edward, se quedó de piedra en su lugar.

- Bella, ¿podrías decirme dónde está el baño? - pidió, con una pequeña sonrisa de lado.

Él sabía que ella aún estaba incómoda por lo del avión. Era demasiado inocente y predecible.

La joven Swan señaló el final del pasillo, sin decir palabra y con una expresión algo turbada en su rostro. Estaba dispuesta a continuar con su camino, pero Edward la tomó suavemente de la muñeca. Era un buen momento para los agradecimientos y las formalidades.

- Bella, quería agradecerte por lo del avión - comentó Edward - La verdad es que…

- Está bien - cortó Bella- No fue nada.

El muchacho se acercó más a ella, con una sonrisa ladina.

- ¿Estás segura de que no fue nada? - inquirió él, mirando sugerentemente sus labios.

Bella, inesperadamente para Edward, lo apartó con las manos sobre su pecho. Su rostro lucía serio y, según le parecía a él, aún tenía aquel matiz de turbación.

- Edward, necesito que lo entiendas. Tú y yo no podemos ser… nada - explicó la joven, seriamente - Tú no tienes lo que yo busco y yo no puedo darte lo que deseas.

El muchacho frunció el ceño, sin entender del todo lo que quería decir y por qué lo estaba diciendo en ese momento. ¿Qué era exactamente lo que ella buscaba y por qué él aún no se había enterado?

- Yo no estoy hecha para ser una más, y tú no sabes lo que quieres - aseguró ella, con un suspiro - Tienes diecisiete años y las hormonas revolucionadas, Edward, yo no puedo manejar eso.

Después de sus palabras, Bella siguió su camino, dirigiéndose escaleras abajo.

Edward, por su parte, se quedó de pie en su lugar, inmóvil, aún intentando comprender en su totalidad todo lo que Bella había dicho.

Cuando pensó en la última frase, sintió una sacudida en el estómago, parecidas a las que lo habían asaltado cuando estaba sobre el avión, siendo presa de sus miedos. Tenía ganas de vomitar y se sentía bastante enfermo.

Sin embargo, en ese momento, su temor no tenía nada que ver con aviones.

7 comentarios:

pequeña dama dijo...

me encanto el capi, espero con ansias el otro!!

María León dijo...

Le cortaron las alas a Edward :( demasiado bueeno el capitulo.

Lulee dijo...

Hola.. Disculpa el olvido con la uni no he tenido mucho tiempo, pero ya llegaron las vacaciones.
Quede en el Capi 5 tendré que poner al Dia. Espero hacerlo esta semana!
Chau
Feliz Día

isabella dijo...

hola me encanto el capitulo de hoy publica tengo otro blog pásate por el si puedes , publica pronto

Mery Williams dijo...

muy bueno el capitulo!!!
espero qeu subas pronto!!
un gran beso!! :D

angela dijo...

que capitulo tan increíblemente bueno.. me encanto.. uff que momento el q tuvieron en el avión me encantoo... plisss quiero el proxx... avisame cuando lo tengas publicadoo plis pliss.. te kiero mucho mi niña..!! besoss

Lilian dijo...

me super encantoooooo >.< de verdad q si fue increibleee!!!!! qierooo otrrooo!!! un super besoo!!